Misericordia y poder

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PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 24 de febrero de 2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos con las catequesis sobre la misericordia en la Santa Escritura. En varios pasajes se habla de los poderosos, los reyes, los hombres que están «en lo alto», y también de su arrogancia y sus abusos. La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles para el bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero cuando, como ocurre con demasiada frecuencia, si se viven como un privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en instrumentos de corrupción y muerte. Esto es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot, que se describe en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 21, sobre el que hoy reflexionamos.

Este texto cuenta como el rey de Israel, Ajab, quiere compara la viña de un hombre llamado Nabot, porque ésta linda con el palacio real. La propuesta parece legítima, incluso generosa, pero en Israel las propiedades de tierras se consideraban casi inalienables. De hecho, el libro de Levítico prescribe: «La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes» (Lv 25, 23). La tierra es sagrada, porque es un don de Dios, y como tal debe ser custodiado y conservado como un signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y garantía de dignidad para todos. Se comprende entonces la respuesta negativa de Nabot al rey: «Líbreme Yaveh de darte la herencia de mis padres» (1 Re 21, 3). El rey Ajab reacciona a esta negativa con amargura e indignación. Él se siente ofendido —él es el rey, el poderoso—, disminuido en su autoridad soberana, y frustrado en la posibilidad de satisfacer su deseo de posesión. Al verlo tan abatido, su esposa Jezabel, una reina pagana que había incrementado los cultos idolátricos y que hacía matar a los profetas del Señor (cf. 1 Re 18, 4), —no era mala, ¡era sumamente mala!— decide intervenir. Las palabras que dirige rey son muy significativas. Escuchad la maldad que esconde esta mujer: ¿Y eres tú el que ejerces la realeza en Israel? Levántate, come y que se alegre tu corazón. Yo te daré la viña de Nabot de Yizreel» (v. 7). Ella enfatiza el prestigio y el poder del rey, que, a su modo de ver, está puesto en entredicho por la negativa de Nabot. Un poder que por el contrario ella considera absoluto, y por el cual todo deseo del rey poderoso se convierte en una orden. El gran san Ambrosio escribió un pequeño libro sobre este episodio. Se llama «Nabot». Nos hará bien leerlo en este tiempo de Cuaresma. Es muy bonito, es muy concreto. Jesús, recordando estas cosas, nos dice: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20, 25-27). Si pierde la dimensión de servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominación y abuso. Precisamente esto es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina, sin ningún escrúpulo, decide eliminar a Nabot y ejecuta su plan. Se sirve de las apariencias engañosas de una legalidad perversa: envía, en nombre del rey, cartas a los ancianos y notables de la ciudad ordenando que falsos testigos que acusen a Nabot públicamente de haber maldecido a Dios y al rey, un crimen castigado con la muerte. De esta forma, una vez que Nabot está muerto, el rey puede apropiarse de su viña. Y esta no es una historia de otro tiempo, es también la historia de hoy, los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro y con el salario mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren ¡más y más y más! Es por esto que he dicho que haremos bien en leer ese libro de San Ambrosio sobre Nabot, porque es un libro de actualidad. He aquí donde lleva el ejercicio de una autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y a qué lleva la sed de poder: se convierte en codicia que quiere poseerlo todo. Al respecto hay un texto del profeta Isaías particularmente iluminador. En este, el Señor advierte contra la codicia de los ricos latifundistas que quieren poseer cada vez más casas y terrenos. Y el profeta Isaías dice: «¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país!» (Is 5, 8). Y el profeta Isaías ¡no era un comunista! Pero Dios es más grande que la maldad y que los juegos sucios realizados por los seres humanos. En su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a que Ajab se convierta.

Ahora giramos la página, y ¿cómo sigue la historia? Dios ve este crimen y toca también al corazón de Ajab, y el rey, colocado frente a su pecado, comprende, se humilla, y pide perdón. ¡Qué bonito sería si todos los poderosos explotadores hoy hicieran lo mismo! El Señor acepta su arrepentimiento; sin embargo, un hombre inocente fue asesinado, y la falta cometida tendrá consecuencias inevitables. El mal que se hace, de hecho, deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva las heridas. La misericordia muestra también en este caso la vía maestra que debe perseguirse. La misericordia puede curar las heridas y puede cambiar la historia. ¡Abre tu corazón a la misericordia! La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres. ¡Es más fuerte, este es el ejemplo de Ajab! Nosotros conocemos el poder, cuando recordamos la venida del Hijo inocente de Dios que se hizo hombre con el fin de destruir el mal con su perdón. Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente diferente. Su trono es la cruz. Él no es un rey que mata, sino que por el contrario da la vida. Su ir hacia todos, especialmente a los más débiles, derrota la soledad y el destino de muerte al que conduce el pecado. Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores en el espacio de la gracia y el perdón. Y esta es la misericordia de Dios.

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