Primeras obras de Misericordia (14-02-16)

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A lo largo de este Año Jubilar me propongo considerar las obras de misericordia tanto materiales como espirituales que conforman este don, tan enraizado en el corazón mismo del Evangelio, teniendo en cuenta que Jesús mismo nos lo presenta como definitorio de nuestra vocación de cristianos discípulos suyos. Comienzo así con las dos primeras obras de misericordia corporales, que son dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento.

Son innumerables los ejemplos de esta atención preferente de la Iglesia, de sus fieles y en particular de sus santos en todos los tiempos, así que me fijaré en uno solo, quizá el ejemplo más luminoso del siglo XX en este aspecto: la beata Teresa de Calcuta, que este mismo año el Papa declarará santa.

Su corazón era tan grande que no desdeñó ir más allá de Calcuta cuando fue requerida por ello. La primera ocasión llegó durante el concilio Vaticano II cuando un obispo venezolano le pidió que fuera a su país, narrando la necesidad de atender a los pobres y también de ofrecer un testimonio de fe. Ella se mostró reacia, porque la India le ofrecía ya un vasto panorama para su trabajo, pero no quiso desatender una petición de la Iglesia, y allí fueron sus monjas estableciendo la primera comunidad fuera del país asiático.

La segunda petición le llegó de Roma. Más aún en este caso, le pareció que las urgencias en una ciudad europea no eran tantas, más cuando en Roma ya vivían 22.000 monjas de muy diversas congregaciones, de modo que se hallaba inclinada a rechazarla, hasta que supo que procedía de Pablo VI. También había muchos pobres en Roma…y en Tanzania, otro país de la larga lista que siguieron.

Nosotros podemos encontrarnos a veces como la Madre Teresa, pensando que en Catalunya el nivel de vida es relativamente alto y que hay gobiernos, instituciones y entidades muy variadas que pueden cuidarse. Lo cierto, sin embargo, es que a cada uno de nosotros Jesucristo nos pide que demos de comer al hambriento y de beber al sediento, es decir, que les atengamos en sus necesidades más vitales.

No debemos preguntarnos entonces si no podrían hacerlo otros, sino qué hago yo con este caso que conozco, con esta persona que llama a mi puerta. En el hermano necesitado debemos ver a Jesucristo. Él mismo nos dijo que lo que hacemos a estos hermanos lo hacemos a él. Que seamos sensibles a la necesidad ajena. Este es el sello del cristiano.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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