Homilía de la apertura del Jubileo de la Misericordia

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(Catedral de Tarragona, 13 de diciembre de 2015)

Estimado Capítulo de la Catedral, sacerdotes concelebrantes, diáconos, religiosos y religiosas, hermanas y hermanos en Cristo muerto y resucitado,

«Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor.» Esta alegría hoy es aún mayor porque, en comunión con el Papa y con toda la Iglesia, he tenido el placer de abrir la puerta de nuestra iglesia Catedral y celebrar la apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Como nos dice el Papa en la Bula Misericordiae Vulture (MV): «Cada Iglesia particular, por tanto, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual» (MV 3). Es así, pues, que nuestra Catedral será lugar de peregrinación, junto con el santuario de la Virgen de Misericordia de la ciudad de Reus, para todos los que deseen recibir el don y la gracia del Jubileo de la Misericordia. Cristo es la Puerta que nos abre hacia el Padre: «Atravesando la puerta santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y haremos el compromiso de ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros» (MV 14).

El Jubileo no es sólo algo bueno para la Iglesia, sino que es indispensable y necesario. El mundo que vivimos, marcado por tantos sufrimientos y miedos, necesita la misericordia. La Iglesia necesita de nuevo reencontrar la fuente de la misericordia divina para convertirse en una Iglesia toda ella signo de la misericordia del Padre del cielo. Cada uno de nosotros, ya que todos somos pecadores, necesitamos la misericordia de Dios que nos reconcilia con nosotros, con los hermanos y con Dios mismo. «Dejémonos sorprender por Dios que no se cansa de abrir las puertas de nuestro corazón.» Nadie puede desesperar de la misericordia de Dios.

La lectura, pausada y orante, de la preciosa bula Misericordiae Vulture nos hace descubrir que la misericordia es el nombre y la esencia de Dios, que esta misericordia existía antes que nosotros y que viene de Dios mismo. Dios nos ama tal como somos y nos ama gratuitamente. La misericordia une el cielo y la tierra. La misericordia hace que nos perdonamos, que tengamos sentimientos de compasión y es fuente de paz y de serenidad. La misericordia es la revelación de la santa Trinidad: «Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y mana sin restañar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca se secará, por muchos que sean los que se acerquen» (MV 25).

Esta misericordia Dios lo ha manifestado en la persona de Jesús, el Cristo. Él nos enseñó, con hermosas palabras y parábolas, que Dios es el padre que siempre nos espera y que tiene alegría por el hijo perdido que vuelve a casa. Y tiene alegría sólo porque el hijo ha vuelto; sólo por eso. Jesús es el buen Pastor y el Samaritano que carga amorosamente la oveja perdida y viene a encontrar todos los que sufren de cuerpo o de espíritu y derrama sobre sus heridas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, como lo cantamos en uno de los prefacios (cf. Común VIII del Misal Romano). Jesús es el que da la vida por nosotros y es el rostro verdadero de la misericordia del Padre del cielo, y de su corazón abierto brota toda la fuente de misericordia que vive la Iglesia. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, dice el Papa. Sí, el amor de Cristo es la causa y el fundamento de la vida de la Iglesia y también es la fuente de su alegría y de su esperanza.

En este Domingo de Adviento, el Domingo III, llamado Domingo de la alegría (Dominica Gaudete) las lecturas nos hacen descubrir que la misericordia de Dios es la fuente de la alegría. Que bonitas, las palabras del profeta Sofonías: «Tu Dios lo tienes dentro, como Salvador poderoso, por ti se ha transportado de alegría, te renueva su amor.» La misericordia de Dios renueva la vida de su pueblo . También el apóstol Pablo con insistencia nos ha pedido que vivamos en la alegría porque el Señor está cerca. Y después hemos escuchado la predicación de Juan, el Bautista, cerca del Jordán y hemos sentido la pregunta de quienes le escuchaban: «Así pues, ¿qué debemos hacer?» Y el precursor del Señor nos invita a vivir las obras de misericordia: «El que tenga dos túnicas que dé uno a quien no tiene, y el que tenga comida, que comparta también con los demás.»

Esta palabra de Juan el Bautista enlaza con la enseñanza del Papa, que nos pide que durante el Año Santo vivamos las obras de misericordia (un tema que había quedado como olvidado en la catequesis de la Iglesia). Así lo escribe el Papa en la Bula Misericordiae Vulture: «Es mi deseo más vivo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será una manera de espabilar nuestra conciencia, muchas veces aburrida ante el drama de la pobreza, y para adentrarnos aún más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los favorecidos por la misericordia divina» (MV 15).

También Juan nos ha dicho que el Señor nos bautizará con Espíritu Santo y fuego, que significa con el fuego del Espíritu Santo, y que él inventario la paja del grano. Deseo y pido, en obediencia al papa Francisco, que el Año Santo renueve la vida de la Iglesia diocesana. Discernimos lo que Dios pide en esta hora a la Iglesia que vive y peregrina en Tarragona. Vivamos todos muy en serio este Jubileo. Es decisivo para la credibilidad de la Iglesia misma y también es determinante en cuanto al crecimiento de la Iglesia en su futuro (cf. MV 12).

Que la misericordia de Dios nos convierta a todos y que el Espíritu nos purifique de todo aquello que en nosotros no es de Cristo. Que los pastores de nuestra diócesis (los sacerdotes especialmente), yo con ellos soy también pastor, imiten las actitudes de Cristo buen pastor que da la vida, que sólo lleven en su corazón el deseo de amar a Jesús y hacerlo amar y acojan todos. Que nuestra vida resplandezca de santidad. Que los sacerdotes se dispongan a recibir ellos mismos el sacramento de la reconciliación y se dispongan a facilitarlo conscientes que llevan sacramentalmente la palabra del perdón del Padre del cielo. (Que no olviden que son ejemplos para los seminaristas presentes y para los que nuestro Señor llamará para continuar el ministerio apostólico en esta Iglesia.)

Pido a las parroquias que sean comunidades de creyentes que vivan la misericordia del Padre del cielo amando y acogiendo todos. Que las familias vivan la misericordia de Cristo como centro. Como escribe el Papa: «Allí donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, a las comunidades, a las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia» (MV 12).

Pido a las instituciones sociales de la Iglesia que todo lo que hacen, tan loable, sea hecho con un amor aún mayor hacia aquellos que son hermanos y hermanas nuestros y que viven en las periferias del dolor. No quiero olvidar a los que se dedican a la pastoral de la salud y que constantemente ven en los hospitales, en los sociosanitarios y en muchas casas el rostro de Cristo en el enfermo.

La Iglesia no tiene otro plan pastoral sino el de vivir la misericordia de Cristo: celebrarla en los sacramentos, profesar y testimoniarla la. Os exhorto a todos, hermanos y hermanas, que vivamos lo esencial, y lo esencial es Cristo y su misericordia. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. Seamos el pueblo de la misericordia. Misericordiosos como el Padre, esta es la consigna del Año Santo. Como ama el Padre así aman los hijos. Como el Padre es misericordioso así los hijos son misericordiosos los unos con los otros: «La clave de bóveda que soporta la vida de la Iglesia es la misericordia» (MV 10).

A todos, por último, os entrego la Cruz del Jubileo. Será una cruz peregrina por los arciprestazgos y parroquias. La cruz es el signo del amor de Cristo. Lo hago con la plena conciencia de que soy vuestro obispo y se la confío en el nombre de la Iglesia. Viváis y haga conocer el amor de Cristo, significado en la cruz y presente en la Santa Eucaristía. Tengo presentes las palabras del Papa Francisco: «La cruz de Cristo es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la nueva vida en Cristo» (MV 21).

Os pido no sólo que viváis este tiempo vosotros, sino que seáis apóstoles de la misericordia. Son tantos los que no conocen que Dios los ama! De manera particular renovamos la voluntad de comunicar el Evangelio de Cristo, que ellos también se sientan gozosos de llevar el nombre de cristianos. Rogamos de una manera especial por quienes se dedican a la catequesis ya la pastoral de jóvenes. Que el Espíritu Santo los asista.

Pedimos finalmente la intercesión de los santos de la archidiócesis. Es por la misericordia de Dios que vivieron y murieron. Y confiamos en la Virgen, madre de Misericordia, los frutos espirituales de este Año Santo.

 

 

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