Lo que admiramos de los Santos (22-11-2015)

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El sentimiento de admiración es connatural a todos nosotros. ¿Quién no admira -y si viene al caso se hace una selfie con él- a un gran cantante, un extraordinario futbolista, un hombre que ha pisado la luna, un premio Nobel o un campeón olímpico?

Los cristianos admiramos a todos ellos, pero también a los santos, y además de admirarlos invocamos su ayuda para que nos conduzcan hacia Dios en nuestra vida. Pero –se preguntaba Jean Guitton- ¿qué admiramos en los santos? Y decía esta idea, que resumo: lo que me atrae de Teresa de Ávila no son sólo sus éxtasis, ni del cura de Ars sus ayunos, ni de Francisco de Asís sus estigmas… sino la paciencia, la dulzura, la buena opinión de los demás, que sean constructores de esperanza, que sean sencillos, humildes… como si fueran gente que podamos encontrar en una esquina y conversar con ellos.

La gran mayoría de santos son anónimos, personas corrientes, amas de casa, trabajadores, personas ancianas, quizá enfermas, que tienen en común preocuparse de los demás, de su familia, sus amigos y colegas o incluso de personas necesitadas que no conocen y a las que ayudan en la medida de sus posibilidades.

La misericordia es el sello del cristiano. Comienza por no hablar mal de los demás, no criticar ni murmurar, y se manifiesta con el ejercicio de la comprensión, de la solidaridad y del perdón cuantas veces sea necesario, de acuerdo con la enseñanza de Jesucristo cuándo le preguntaron cuántas veces hemos de perdonar. Lo que debe distinguir a los cristianos, en las relaciones sociales y trato con otros, es que seamos los mejores amigos. San Paulino de Nola, converso al cristianismo, no solo entregó su vida a los pobres, sino que en una ocasión no pudiendo rescatar con sus bienes al hijo de una viuda, se ofreció para sustituirle como prisionero.

El Papa Francisco termina su bula «Misericordiae vultus» diciendo: «Que en este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor». Para lo cual invita a dirigir nuestro pensamiento a santos como Faustina Kowalska, apóstol de la misericordia, y a la Virgen María, a la que invocamos como Madre de Misericordia.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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